jueves, 2 de abril de 2020

LIBROS


En mi décimo cumpleaños, allá por los años 70, mis tías me regalaron dos libros que me marcaron para toda la vida: El Lazarillo de Tormes y la Iliada; eran dos versiones juveniles, con algunas pocas ilustraciones, que hacían más fácil la lectura para un crio tan joven como yo.
Recuerdo que leí aquellos dos libros sin reservas, con verdadero placer. Además, eran tan distintos los temas que trataban los dos libros, que no me aburrieron en absoluto, y pasaba de uno a otro, sin ningún problema.



Después de muchos años, la querencia por la lectura todavía me tiene atrapado, y no se explicar muy bien porque, pero cuando paso por una librería, me asomo al cristal y me gusta ver los libros como si fueran dulces de caramelo. Y cuando compro un libro nuevo, lo primero que hago es olerlo; me gusta el olor de un libro recién impreso. Este gesto extraño es algo que vengo arrastrando desde niño, cuando mi madre me compraba los libros nuevos del colegio; ese olor a nuevo me llenaba de felicidad.

En mi vida, los libros son algo necesario, y no porque quiera parecer un intelectual, que no lo soy, sino porque los veo como objetos llenos de sabiduría, llenos de misterio, llenos de imaginación. Un libro es un territorio que hay que descubrir, un territorio que hay que explorar; y esto sucede cada vez que se abre uno de ellos.

"Libros" detalle, acuarela sobre papel.

"Libros" detalle, acuarela sobre papel.

"Libros" detalle, acuarela sobre papel.

"Libros" detalle, acuarela sobre papel.

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